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Ensayo

Globalización y dolor

Para los escritores —dice Chávez Castañeda—, las manos son recolectoras de cicatrices, en ellas está la historia personal de cada uno de ellos, su violencia o reconciliación con el mundo, el origen de un oficio que no transmite ninguna dicha.
10-Mayo-08

Era un juego. Imagina que por alguna razón tu destino es acabar viviendo en una isla desierta —te decía alguien, y agregaba—. El problema es que allá sólo puedes tener diez libros: ¿Cuáles serían esos libros que te llevarías contigo? El desafío era elegir, de entre todos los libros que conocías, aquellos que sabrían ser inagotables para ti o bien aquellas obras a través de las cuales tú podrías seguir siendo humano. En pocas palabras, la literatura que salvarías para que te salvara.

Imaginen entonces este juego pero con dos variantes: no libros que ya existan sino libros por existir. El juego es entonces no para lectores sino para escritores: ¿qué libros potenciales, semillas de libros, promesas de escritura nos llevaríamos a nuestro forzado retiro para que preservaran la entera humanidad que contenemos?

Imagínenlo: la punta del dedo acercándose a la arena con tal responsabilidad.

Todo esto para decir que en las manos está nuestra historia, nuestro contacto con el mundo. Las manos son recolectoras de cicatrices, pero no sólo de aquellas que nos han marcado las palmas y el dorso, sino también aquellas otras que, con la punta de nuestros dedos, acariciamos lo largo y a lo ancho de nuestro cuerpo. Manos colmadas de cicatrices literalmente hablando, pero también cicatrices metafóricas: lo que hemos hecho con nuestras manos y por aquello contra lo que nos hemos defendido, y también las producidas por las paces pactadas y por las guerras declaradas, por lo que no hemos sabido sostener, por lo que voluntariamente hemos dejado ir, por aquellos filos a los que nos aferramos como si colgáramos sobre el vacío.

En nuestras manos está nuestra historia y, por ello, nuestras historias. Las historias que nos corresponde contar. Dicho de otro modo, a un escritor no se le tendría que pedir nada más que dar lo que tiene entre las manos.

Si pudiéramos tener la felicidad… De palma a palma sólo la felicidad… Los ritos de iniciación en este oficio de la escritura son crueles: “La felicidad se escribe con tinta invisible”. Lo que quiere decir que la felicidad no existe en la literatura; no puede ser escrita por nadie y, en dado caso que lograra ser llevada al papel, a nadie le interesaría, acaso porque no hay ojos alfabetos para algo así.

Es el más cruel aprendizaje de este oficio. Descubrirte años madurando en el oficio de mensajero para descubrir de pronto que no hay mensaje de dicha por difundir.

Me pregunto si es un problema humano, un desperfecto de la memoria humana condenada a retener no la gracia sino la desgracia. O si únicamente es un problema de este arte llamado “literatura”. Manos y ojos y tinta y papel incapaces de otra cosa que no sea la infelicidad.

Se dice que la narrativa es un género de madurez, que es necesaria la vivencia y la experiencia para escribir historias. Que si la poesía es un canto a la vida, la narrativa es un alarido y saber gritar nos toma años. Dolor, es lo que pide el arte de contar porque la narrativa es un arte para dolerse, para compartir la aflicción, para exhibirla, para pedir ayuda. Entonces lo que madura no es nada ligado a la experiencia ni a la sabiduría, sino al sufrimiento. Lo que madura es la capacidad de sufrir (“¿Qué escribes ahora?”, es la pregunta usual, bienintencionada, a la que nos exponemos continuamente quienes nos dedicamos a esto. En lugar de obligarnos a confesar un sinfín de tramas, podrían los interrogadores ayudarnos en la síntesis. La pregunta apropiada tendría que ser “¿Qué te duele ahora?” Seguramente nuestra respuesta variaría poco a lo largo de los años. “Lo mismo”, “casi lo mismo”, diríamos, y ya está).

El dolor es un sistema gravitatorio con una sola ley: atraes lo que eres. Cada persona escritora es el miserable sol de su propio sistema de dolor. De allí pueden derivarse muchas metáforas. Por ejemplo “Sólo vemos lo que nos duele”. Dicho de otro modo, cada cicatriz es un ojo que sólo atiende a aquello que lo dañó. Usamos las cicatrices para reconocer y así escribir.

Sucede, sin embargo, que en nuestros respectivos sistemas de dolor han empezado a aparecer mundos que no pertenecen a nuestro estrecho campo gravitatorio. Planetas con apetito de hospedarse en nuestras limitadas órbitas. Planetas como ojos que nos miran fijamente sin parpadear.

Se dice que ha desaparecido lo local; que lo “mundial” se ha derramado por el mundo; y sin embargo me parece que esta percepción no ayuda desde el punto de vista del artista del dolor. Lo local no ha desaparecido; está asediado. Lo local es mi herida y el sufrimiento que late allí como un segundo corazón, y hasta allí han llegado dolores para los cuales carezco de cicatriz pero que, a fuerza de reiterarse, me confunden.

Yo, acostumbrado a tener entre las manos lo que escribo, es decir, a tocarlo siempre, empiezo a ser casi tocado por dolores que no se encarnaron en mi mirada infeliz. Y entonces me veo queriendo honestamente que mi simpatía, mi piedad, mi comprensión, den algo más que malestar; deseo tocar y ansío que mis manos tengan algo qué decir y consigan apalabrar lo que no me corresponde a mí.

Transcurre el tiempo, sin embargo, la presión del asedio disminuye y entonces me es posible acabar profiriendo “menuda tontería la idea de que a la tragedia, al dolor, hay que ir a buscarlo”.

El problema es que las coordenadas del sufrimiento humano son infinitas. A veces la tragedia que se vierte sobre mí por cada ventana del mundo tiene que ver con lo que soy, con mis cicatrices, con lo que sé ver y tocar y masticar, con mi miserable hogar. En mi caso, la infancia y sus desgracias.

He aquí la verdadera seducción. Cada noticia sobre la tragedia del mundo infantil.

De donde yo vengo —o acaso debería decir de donde yo soy, es decir, de mi país sanguíneo, o sea de la sangre de la que provengo, o sea de las cicatrices con las cuales el mundo me fue escribiendo sus advertencias, de allí de donde estoy viniendo siempre sin llegar a ningún lado, criándome infatigablemente—, sucede algo menos espectacular y menos dramático que el actual fracaso de la centuria feliz. Cien años duró el intento de sacar a la infancia humana del mundo para que el mundo no la vulnerara demasiado pronto. El siglo veinte enteramente reinterpretado como los cien años durante los cuales la niñez quiso ser protegida, preservada, convertida en tabú, en territorio sacro. Los cien años en que se cultivó, pues, la inocencia humana. He aquí lo que yo sé ver, aquello que me duele casi desde que empecé a escribir, por lo que empecé a escribir, lo mismo desde entonces, casi lo mismo, dolor en el cual he estado patéticamente doblado y gimiendo libros: la tragedia de ser inocente y la tragedia de dejar de serlo.

Hasta esta estrecha localidad de mi sufrimiento llega el mundo globalizado para mostrarme el retorno de la esclavitud a la niñez, la prostitución infantil, el abuso, el tráfico de órganos, la venta y la trata de niños, los niños soldado y todos los demás datos escalofriantes de este miserable fracaso por sacar a la infancia humana del mundo humano. Y se me va el aire. Literalmente el aire del mundo parece abjurar de mí y me abandona por no saber hacer nada, por no saber usar estas ridículas manos para escribir la bienvenida al terror en que nace actualmente la humanidad.

Yo tendría que saber apalabrarlo; yo tendría que poder hacerlo.

Ésta es la verdadera angustia. La verdadera angustia de las influencias.

Huérfanas, sin parpadear, desorbitadamente hambrientas por ser parte de mis órbitas, me contemplan estas tragedias infantiles, pero yo bajo la mirada porque acepto que aunque parezco ver, aunque quiero creer que veo, es mentira. Dejo caer los ojos, los brazos, las manos, a fin de conmoverme y llorar sin la tentación de escribir lo que no sabré decir.

Quiero entender que a esto se refiere aquella otra enseñanza cruel del oficio: “Solitario y fuera del mundo; no hay otro destino para quien escribe”.

Se habla de la mundialización del planeta como si la literatura no hubiera estado enteramente ocupada durante su larga historia en ambicionar ponernos en común, ponernos en comunión. Crear vínculos entre lo disperso y lo lejano a través de las corrientes subterráneas que unen a lo humano con lo humano a pesar de nuestras distintas circunstancias. Esto ha sido pretendido siempre, sin embargo, desde lo local, desde un pequeño hogar del dolor, acaso porque todavía no existe otro modo de hacerlo.

El actual fenómeno de globalización es un paraíso para los escritores de historias. Un estallido de saberes anecdóticos que nos extienden las manos.

Mi creencia es que no podemos ceder, conceder a trabajar el dolor ajeno, porque el dolor no es un dato que se asimile intelectualmente. Sucede que no estamos hablando de difusión de conocimientos sino de la irradiación de los padecimientos. Escribimos el alarido; no hablamos de él. Así que no puedo dejar de creer que el dolor no se busca sino que se tiene, y no se divulga sino que se comparte. Pide espaldas y hombros para soportarlo, para que ni quien se ha atrevido a escribirlo ni quien se ha atrevido a leerlo sean aplastados. Podría decirse que dolor prestado no presta sus secretos y que el secreto más íntimo de un dolor es su pesadez, su gravedad.

En el mejor de los casos, quien escribe sobre un dolor que no padezca, será incapaz de contagiar y entonces la angustia se producirá —en tales escritores y en sus lectores— precisamente por no sentirla, por no angustiarse, por no recibir ningún peso, por ser incapaz de la simpatía y de la expansión. En el peor de los casos, escribir el dolor al que no pertenezco, abre además opciones innobles. Convertirme en público; lo que hace del sufrimiento un espectáculo, un puro turismo por el dolor ajeno cuyo riesgo es enseñarnos que todo dolor es un paseo. Incluso el nuestro y el de nosotros. Ponerme cara a cara continuamente con las desgracias humanas de donde yo no soy y enterarme así del mundo en el que vivo sin opción de modificarlo ni de significarlo, obliga a que se ensanche no la conciencia sino el blindaje psicológico que es el cinismo.

Ésta es una época paradójica. No es una época que cierre los ojos ante el sufrimiento y la tragedia. Por el contrario, pule e ilumina la desdicha, y la convierte en espectáculo. Para que la función continúe, pide, sin embargo, un constante recambio de dolores en quienes son sus mensajeros, en nosotros.

Una confesión como la que voy a hacer tendría que ser innecesaria: uno cultiva su dolor porque uno es su dolor. Cada persona que escribe es la herida alrededor de la cual ha encarnado y se ha convertido en lo que es. Nada más falso que uno pueda tasajearse el cuerpo gratuitamente y suponer que tales llagas serán algo más que tatuaje.

Es difícil esta época mortificada en la que se nos atrapa con la disyuntiva de ser portavoz de mí, de mi alarido, o buscador de los alaridos del momento.

Me da por pensar que el error de pedirnos escribir lo que no tenemos entre las manos es producto de una angustia sincera, de un rapto de decencia un poco trastornado pero que tiende a pensarnos a los escritores con una capacidad infinita para dolernos, para simpatizar, para ser cabalmente humanos. Acaso no es sino una exigencia que nos hemos creado los propios escritores, resultado de un verdadero terror por intuir la escasez y la insuficiencia de los escasos dolores que nos orbitan. A lo mejor por ello la gana de enloquecer y de abrir las manos y de extender los brazos para intentar recogerlo todo.

La enseñanza más cruel de esta encrueldada didáctica de enseñanzas crueles no tiene que ver con el oficio de escribir sino con el oficio de ser humano. La enseñanza: la humanidad está dividida en miles y miles de frentes de agresores y de víctimas. Cualesquiera que sean entonces las historias humanas, sólo hay dos narraciones posibles: aquella historia narrada por quienes pasan por encima o aquella relatada por quienes sobreviven a tal desaforado paso que los usó como suelo.

Parte de la desgracia humana es el triste hecho de que la narración de los atacantes puede ser contada no únicamente por los agresores sino también por los millones de seres indiferentes que no formaban parte del bando victimario o del bando victimado de cada específica historia humana de violencia. Sucede así porque los dañadores y los testigos comparten una misma coordenada del discurso.

Jean Hatzfeld en su libro Una temporada de machetes —luego de entrevistar a los asesinos del genocidio de Rwanda y contrastarlo con los testimonios de las víctimas sobrevivientes— dice que, si bien ambos, agresores y agredidos, comparten una oración común donde piden al olvido que los proteja, en la narración de los asesinos los hablantes se llevan más o menos bien con su memoria y los recuerdos se conservan claros, fluyen sin estados de choque, asaltos de culpa, bloqueos. Que los relatos empiezan invariablemente desde la falsedad y pueden irse haciendo sinceros o no, pero los efectos de la confesión siempre son calculados, y que los relatores nunca abandonan la opción de callar; acallar a su solidaria memoria que les respalda hasta en los silencios. En definitiva, que los asesinos pocas veces enloquecen al retornar a su pasado porque propinar el sufrimiento favorece menos la demencia que el recibirla. Dice Jean Hatzfeld que, en completa oposición, la narración del superviviente, la de aquellos que no murieron cuando el mundo les pasó por encima, es un relato que nunca brota con la misma voz sino que ésta se va quebrando, adelgazándose, interrumpiéndose por silencios sin traducción y por llantos incontrolables, perdiéndose y luego enrollándose en digresiones y balbuceantes reflexiones, y por eso nunca se sabe cuánto va a durar la confesión. Los recuerdos van y vienen descontroladamente, y además se transforman, de allí que la tragedia se cuente infinidad de veces. Es constante, pues, la mutación, de modo que quien narra termina siendo la narrado y viceversa. En definitiva, los supervivientes no vacilan en dejar que se adueñe de ellos la memoria (con la que no se llevan bien) porque acaso surja de su boca algo que nunca han contado para que les salve o los mate de una vez.

En el mejor de los casos, quienes escribimos y nos dejamos arrastrar por la angustia sincera, por el rapto de decencia un poco trastornado pero honesto, quizá logremos advertir a tiempo que dolor sin cicatriz propia no duele, que sin una abertura real en mi piel para tocar en carne viva la carne viva de la desgracia humana, no habrá palabras reales; que no puede, de verdad, existir literatura sin silencios en los cuales me esté debatiendo siempre a punto de la asfixia, siempre en la inmediaciones del aplastamiento como buen superviviente.

De no darme cuenta, escribiré un paseo por el dolor ajeno. Me será más o menos sencillo porque es fácil escribir sobre aquello que no te pide nada, que no te exige abismarte en ti, que no hace presente fondos de los que hubieras preferido no saber. Escribiré sintiéndome autorizado y ufano, pero de mis manos brotarán fórmulas dramáticas y superficiales esquemas afectivos que maltratarán el dolor que no me pertenecía, al que yo no pertenecía, pervirtiéndolo a mi pesar, reduciéndolo a mi pesar, simplificados ambos, yo que escribo y aquello que se deja escribir por mí, convertidos ambos en lugar común, cuando —y esto es lo perverso del asunto de hacer turismo por el dolor humano— el superviviente y su historia nunca son lugar común, nunca un espacio de comunidad, nunca un sitio colectivo.

Quisiera argüir yo, desde la ingenuidad, que acaso un puro problema de entretenimiento es la causa de esta corrupción, de esta ceguera para aceptar que el discurso de quien sobrevive sólo puede ser hecho por quien sobrevive. Hay otra posibilidad, sin embargo, menos perdonable. ¿Y si este quehacer literario del dolor ajeno para convertirlo en arte, no sólo carece de la única intención verdadera para aproximarse a la desgracia que es intentar significarla, extraerle algún sentido? ¿Si resulta que además se está constituyendo en un modo de desactivar la posibilidad real de condolernos, de dolernos con, a través de un esquinado quehacer por deshacer el pasmo, la intranquilidad, el malestar que genera toda tragedia, desgastar a fuerza de manoseos el drama vital de cada padecimiento para finalmente arrumbar el dolor prestado donde siempre había estado para todos —lejos, a la distancia, en la indiferencia—, para todos excepto para sus poseedores y sus poseídos en quienes nunca hubo tal lejanía?

“Que el olvido nos proteja, que los recuerdos se olviden de mí”, he aquí el ruego común de agresores y de víctimas en aquel libro sobre el genocidio de Rwanda. ¿Por qué parece, sin embargo, que en esta búsqueda de la amnesia anhelada, los agresores tienen el respaldo de todos los testigos indiferentes, de todos los escritores del dolor ajeno?

No hay narración más incómoda, molesta, impertinente, perturbadora, peligrosa para nuestro blindaje psicológico y nuestras indiferencias y nuestras vidas acomodadas a la realidad humana que el relato del superviviente al revelarnos los costos que tal acomodamiento va dejando tras de sí, los cientos de miles de frentes donde los vencidos no resisten el pesado paso del mundo.

Desde esta perspectiva la globalización del dolor parece ser una afortunada manera de acallar tal impertinencia, la impertinencia de sobrevivir y de escuchar el molesto testimonio de quien sobrevive.

Me parece obvio que para los escritores del dolor se ha vuelto más inhóspito aún nuestro “estar sin estar” en el mundo. Nuestro localismo gime de miedo. De pronto el infantil juego de la isla desierta ya no parece ni tan infantil ni tan lúdico. Una playa sola y llegar allí para defender los pocos libros que todavía tenemos entre las manos.

Ricardo Chávez Castañeda